¿Seré capaz?
Al nacer respiramos sin saber que lo tenemos que hacer, simplemente es una necesidad. Instantes después buscamos con nuestra boca abierta el pecho de mamá si nos han colocado encima de ella. La naturaleza y el instinto que nos acompañará siempre no deberíamos perderlo.
Hacemos las cosas porque hay algo que nos empuja a ello sea la necesidad que sea. Cuando nos echamos a andar siendo pequeños, nos damos cuenta que el mundo no es sólo un gran laboratorio que debemos inspeccionar, es mucho más que eso, infinitamente mejor, y siempre está la mirada ahí pendiente a ver cómo nos va a ir, física o espiritualmente.
Los recuerdos, emociones, desengaños, ilusiones, tristezas y alegrías… la bici un viernes por la tarde al volver del cole, que hay barro, mejor, así patina y me da la impresión de llevar una “Chopper” de marchas como los mayores. Y vuelves y te reconoce por los dientes. Ver la piscina de los de al lado, que eran un montón de hermanos, y no, eso de quedarse con las ganas ni hablar, mi barreño de la ropa y la legión de muñecos dentro, casi sin sitio, pero lo bien que lo pasábamos en mi “piscina”, eso no tiene precio, ¡el grifoooo!. La fuente de palomitas que me traía cuando veía la tele y hacía que el tiempo se detuviese, ¡gracias mamá!.
Esa paciencia infinita a la que la he la sometido “in extremis”, ella desespera pero espera, es difícil de explicar, es una cualidad maternal. Hoy ve mi vida semiencaminada pero sé que siente que aún me queda una parcela que cubrir y es por eso que lamento no poder enseñarle la medalla de metal (por ahora).
Qué bonito texto. Me gusta mucho.